El reto de educar a hijos digitales.
En septiembre se vuelve a iniciar el curso escolar y todo lo que ello comporta. Es el momento en el que se retoman las rutinas habituales, se reanudan las clases y se piensa en las actividades extraescolares.
Para muchos niños y adolescentes se acabó la barra libre del uso del móvil, redes sociales y pantallas digitales. Debo de incidir que el trabajo de volver a establecer límites es siempre más complicado de lo que parece, al extralimitar un buen uso a un ABUSO de las pantallas, sea cual fuere.
Revisar y analizar la evidencia actual sobre la adicción a las pantallas y el uso de redes sociales en la población adolescente debería de ser un foco de atención como de intervención, para el estudio en nuestra sociedad y el futuro de sus efectos emocionales, conductuales y fisiológicos de nuestros niños y adolescentes.
Para cualquier padre no es fácil establecer la barrera del “límite” y la mejor forma de realizarlo será siempre con la implicación y colaboración del menor y ejecutándose de forma asertiva y progresiva.
Nuestros hijos y actuales alumnos son niños que han nacido en un entorno digital, rodeados de tecnología.
La sociedad actual, sociedad de la información y del conocimiento, se caracteriza por la complejidad del mundo industrial y tecnológico, y por una tendencia a la globalización económica y cultural.
Por ello, se nos exige el uso de todas nuestras capacidades y de nuevas competencias personales, sociales y profesionales para poder conseguir un desempeño efectivo y afrontar los continuos cambios que se nos imponen.
Sin embargo, en muchos casos, las herramientas que utilizamos para lograr estos objetivos no son las más adecuadas y solo conducen a la frustración, la ansiedad o al estrés, que nos hace comportarnos de una manera inadecuada tanto con nosotros como con los demás, creando un círculo vicioso que por desgracia transmitimos a nuestros hijos y alumnos en el campo pedagógico.
El uso masivo de internet como servicio simplifica la vida de las personas, no obstante, trae consigo diversos problemas dentro de los cuales se puede referir el “Mal uso de las redes” y el famoso apego a una pantalla.
Quizás, uno de los motivos por los que esto sucede tiene que ver con la poca atención que tanto padres como otros actores de la sociedad, prestan a la dimensión emocional de los niños, dimensión que debe ser educada para que las emociones y los sentimientos que tan importantes son en nuestra vida, se conviertan en aliados y no en enemigos.
Hace algunos años la UNESCO publicó el Informe Delors, donde se hace referencia a los cambios de estilos de vida que vive el mundo contemporáneo, se analizan las tensiones que ello provoca y planteaban las soluciones y alternativas futuras para la educación del siglo XXI.
Tras recomendar cómo debemos superar estas tensiones, el informe dice textualmente: “Eso que proponemos supone trascender la visión puramente instrumental de la educación considerada como la vía necesaria para obtener resultados (dinero, carreras, etc.) y supone cambiar para considerar la función que tiene en su globalidad la educación: la realización de la persona, que toda entera debe aprender a ser”.
Nuestra sociedad ha cambiado vertiginosamente, de manera que la formación permanente que nuestra sociedad actual impone a sus ciudadanos, también resulta indispensable para el profesorado en todos los niveles educativos.
Platón decía: “La disposición emocional del alumno determina su habilidad para aprender”. Pues bien, si el desarrollo intelectual de nuestros hijos nos preocupa y hacemos lo posible por mejorar su nivel de aprendizaje, conviene recordar que, aun cuando el intelecto puede estar excelentemente desarrollado, el sistema de control emocional puede no estar maduro y en ocasiones logra sabotear los logros de una persona altamente inteligente.
La emoción es más fuerte que el pensamiento, incluso puede llegar a anularlo. Por ello es de máxima importancia que las escuelas se alfabeticen emocionalmente para mejorar la calidad de “educar en Inteligencia Emocional” creando alumnos emocionalmente inteligentes.
Es importante que los niños y así mismo los alumnos comprendan que las emociones son una parte fundamental del ser humano, determinan nuestro comportamiento, manifestándose a través del ajuste social, el bienestar y la salud del individuo.
La adicción a las pantallas u otras dependencias digitales, actualmente se puede definir como la incapacidad del sujeto para limitar el uso de esta herramienta provocando un malestar significativo en el individuo, por ello la adquisición y dificultad para controlar un comportamiento se liga regularmente al efecto de recompensa que este puede generar a corto plazo. Por otra parte, existen pruebas de que la ejecución reiterada de una conducta, y la pérdida de control sobre ella, puede interferir con el funcionamiento del individuo –tanto en lo biológico, psicológico y social– de manera similar a los trastornos por consumo de sustancias (Grant, Potenza, Weinstein, & Gorelick, 2010).
Un punto relevante es que la búsqueda de apoyo en la red, es decir, el soporte social en línea– aumenta la probabilidad de desarrollar dicha adicción. Por todo ello, es necesario desarrollar programas que enseñen a los alumnos a tomar conciencia del mundo de los sentimientos, a saber hablar sobre ellos, a descubrir las conexiones entre pensamientos, emociones y reacciones, y a manejar adecuadamente el enfado, la tristeza, la ansiedad, etc.
Evidentemente, la educación de las emociones requiere una formación inicial, pero también una formación permanente. Este tipo de educación es además importante porque puede convertirse en una prevención inespecífica, prevención de estrés, de la depresión, de los conflictos interpersonales, y a la vez potencia su desarrollo como persona.
Desgraciadamente, dado que cada vez más niños no reciben en su entorno familiar un apoyo seguro para transitar por la vida, y que muchos padres no son ningún modelo de inteligencia emocional para sus hijos, las escuelas juegan un importante rol al ser el único lugar hacia donde pueden dirigirse la infancia y adolescencia, en busca de pautas para superar las deficiencias de los niños en la aptitud social y emocional.
En los últimos años, ha surgido evidencia científica significativa sobre la capacidad de mejorar la Inteligencia Emocional a través de programas de Educación Emocional bien estructurados y fundamentados teóricamente. Por tanto, la Educación Emocional es importante y conveniente, puesto que puede mejorar algunos de los recursos psicológicos más valiosos con los que las personas se enfrentan en su vida.
Así mismo, la Educación Emocional en las escuelas ha de entenderse como un elemento imprescindible para la promoción de una personalidad integral.
Las contribuciones recientes de la Neurociencia, Psiconeuroinmunología, Bienestar Subjetivo nos han permitido comprender mejor cómo funciona el cerebro en relación con las emociones. Es por ello que la aplicación de la Educación Emocional se puede sentir en muchas situaciones: comunicación efectiva y emocional, resolución de conflictos, toma de decisiones, prevención no específica (drogas, sida, violencia, anorexia, intentos de suicidio, etc.).
En última instancia, se trata de desarrollar la autoestima, expectativas realistas y desarrollar habilidades para una perspectiva flexible y positiva de la vida. Todo ello para garantizar un mayor bienestar subjetivo, lo que conduce a un mayor bienestar social.
Entonces como sociedad me pregunto: ¿Qué estamos haciendo para desarrollar las habilidades de madurez emocional de nuestros hijos y alumnos (escuelas, centros deportivos y otros….) que les permitirá potenciar su formación académica y elevar su nivel de aptitud social y emocional?
¿Los dotamos de pensamiento y actitud crítica ante los contenidos de internet? ¿Se les enseña a proteger su privacidad y seguridad?
MERCE POMAR
MEDIADORA – ABOGADA de FAMILIA
COACH – INTELIGENCIA EMOCIONAL CERTIFICADA
www.mercepomar.com
